Cada septiembre repito el mismo ritual involuntario: me miro en el espejo con la luz de la mañana y busco lo que ha dejado el verano. Este año, dos manchas nuevas en el pómulo derecho, justo donde nunca me acuerdo de repasar el fotoprotector.
Por qué salen
La melanina es el pigmento con el que la piel se defiende del sol. Cuando llega la radiación, unas células llamadas melanocitos fabrican más melanina para protegerla, y con los años ese mecanismo deja de repartirla de forma uniforme. Y ahí es donde se acumula de más y sale la mancha.
Conviene distinguir dos tipos. Los léntigos solares son las manchas redondeadas y bien delimitadas de manos, escote y pómulos: sol acumulado, sin más.
El melasma es distinto: manchas grandes y difusas, con forma de mapa, en la frente, el labio superior y las mejillas. Tiene un componente hormonal fuerte, por eso aparece en el embarazo, con los anticonceptivos y a veces en los años previos a la menopausia. Es también el más terco.
Lo que funciona de verdad
El fotoprotector, y no es la respuesta aburrida que parece. Ningún tratamiento para las manchas sirve de nada si sigues sumando radiación. Aplicado a diario y repasado, es lo que sostiene todo lo demás.
Vitamina C por la mañana. Ayuda a frenar la producción de pigmento y aporta luminosidad. Es el activo por el que yo empezaría si solo pudiera elegir uno.
Niacinamida. Muy bien tolerada, actúa sobre el tono desigual y se lleva bien con casi todo.
Retinol y ácido azelaico. El retinol acelera la renovación; el azelaico frena directamente la fabricación de pigmento. Los dos actúan sobre la mancha ya formada, y el azelaico es especialmente interesante si tienes rojeces, porque además las calma.
Y una advertencia que me habría ahorrado disgustos: dale tres o cuatro meses de constancia antes de juzgar si algo sirve.
Lo que no hay que hacer
Limón en la cara, jamás. Es un remedio casero que puede provocar justo lo contrario: una quemadura por fotosensibilidad, la famosa dermatitis del limón, que deja manchas mucho peores que las de partida.
Tampoco exfoliar con rabia. La tentación de lijar la mancha acaba en inflamación, y en piel madura la inflamación suele traducirse en más pigmento.
Lo que hago ahora en verano
La prevención no es la crema de la playa: es lo que pasa el resto del año. Mi lista es corta.
Crema solar todas las mañanas, también el día nublado de octubre. Repaso a mediodía cuando estoy fuera, con un formato en barra que llevo en el bolso.
Sombrero de ala ancha en las horas centrales, que hace una parte del trabajo que la crema no hace sola. No la sustituye: el mentón y el escote siguen expuestos.
Y en los meses de más radiación bajo el ritmo del retinol: piel recién renovada y sol de agosto son la receta perfecta para una mancha nueva.
Cuándo ir al dermatólogo
Si una mancha cambia de forma, de color o de tamaño, si tiene bordes irregulares, si pica o sangra, esto ya no es cosmética: pide cita y que te la miren.
Y si el melasma te preocupa, la consulta merece la pena igualmente: hay tratamientos con receta que en casa no se pueden replicar. Y si tienes muchos lunares, piel clara o quemaduras de juventud a tus espaldas, una revisión periódica es de las mejores costumbres que se pueden coger.
De mis dos manchas nuevas, una se ha aclarado y la otra sigue donde estaba. Me he hecho a la idea de que esto se gestiona, no se gana.