Sobre el protector solar circula de todo: que si solo hace falta en la playa, que si el maquillaje con SPF ya cuenta, que si a partir de cierta edad «el daño ya está hecho». Vamos a poner un poco de orden, porque pocas cosas en el cuidado de la piel dan tanto a cambio de tan poco.
Nunca es tarde para empezar
El mito más dañino es el del «daño ya hecho». La piel se repara constantemente, también a los 50, a los 60 y a los 70. Los estudios con uso diario de protector solar muestran mejoras visibles en manchas y textura al cabo de meses, incluso empezando tarde. Cada día protegido cuenta.
Y hay un motivo extra a partir de la menopausia: la piel se vuelve más fina y se repara más despacio, así que la misma dosis de sol le pasa más factura que a los 30.
Las cuatro cosas que de verdad importan
- La cantidad. Para cara y cuello hacen falta unos dos dedos de producto. La mayoría usamos menos de la mitad, y con media dosis no se consigue ni de lejos la protección del envase.
- La constancia. Un factor 30 usado a diario protege más que un factor 50 que solo sale de casa en agosto. La radiación UVA, la que más envejece, atraviesa nubes y cristales todo el año.
- La textura que te guste. El mejor protector es el que te pones sin pereza. Si la crema te resulta pesada, prueba texturas fluidas o en gel: la diferencia real está en usarlo, no en la gama.
- Las zonas olvidadas. Cuello, escote, orejas y dorso de las manos delatan el sol acumulado más que la propia cara, y casi nunca reciben producto.
¿Y el maquillaje con SPF?
Como refuerzo, bienvenido. Como única protección, no llega: para alcanzar el SPF que anuncia una base de maquillaje habría que aplicar una capa varias veces más gruesa de lo que nadie se pone. La fórmula que funciona es sencilla: protector solar debajo, maquillaje encima.